Agua

Noche nublada, gracias!
En estos días en que el sol es más fuerte que el viento, empiezo a extrañar la lluvia. Si alguien me conoce sabrá que amo la luna más que el sol y a la lluvia más que... más que a todo. Quiero pensar que amo estas cosas para llevarle la contraria a la gente, para salir sonriendo cuando todos hacen mala cara pero no, esa no es la razón. La razón es que yo necesito de la lluvia, me hace falta mojarme. Hay quienes necesitan musica o deportes para sentirse bien, yo necesito agua... pero más allá de necesitar esa agua fría que cae del cielo como un milagro, yo se que necesito de Tus aguas para vivir.
Hace unas noches me pasó algo único: antes de dormir mi conciencia me recordó lo que hice mal, sabía que debía arrepentirme pero no lograba hacerlo, no de corazón. Prefiero ser sincera, suelo decir, y en este caso no podía dormirme pensando que en realidad no estaba arrepentida de mi maldad. ¿Y como podría recibir perdón sin arrepentirme? ¿Y como podría sobrevivir la noche sin el perdón?¿Como iba a seguir viva si tu misericordia,que me trae ese perdón, no venía? Me dormí a medias, no pude descansar. Tenía retazos de sueños sobre mi, pero no los podía soñar. Junto a mi cama tenía agua en una botellita, y no podía parar de beberla. Me pare un par de veces para llenarla de nuevo. Bebí casi dos litros esa sola noche y no me sacié. Tenía la boca seca, literalmente seca! Los labios se me partieron y sangraban, estaba bebiéndo mi sangre.
Me levante antes de que el despertador soñaba y aún entre dormida y despierta me asomé a la ventana. Estaba amaneciendo. No recuerdo bien mis palabras pero se que gemía. Pedía ese arrepentimiento, pedía poder hacerlo. No sé si alguien más pueda entender que mi dolor era físico. Tenía el cuerpo lleno de agua y mi boca sangraba, yo necesitaba de Tus aguas.
Después de llorar muchísimo sentí de nuevo tu presencia. Sabía que no la merecía, ni un poco. No solo había pecado, había consentido mi pecado también, lo había deseado. Yo quería desearte a ti. Mi alma pedía que te deseara a ti. Y ahora hasta mi carne me pedía que te deseara a ti. Y ahí llegaste. Empecé a decirte todo lo que había pasado y tú solo me decías tranquila. Podías reclamarme, yo esperaba que me reclamaras. Tu extendiste tus brazos y me dijiste MÍA.
Lloré. Tuya. Tan inmerecido. Tan indigna. Tan Amoroso. Tan rota.
—¿Mía?
—¡Tuya!

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